¿Cualquiera puede hacer teatro? Yo creo que sí. 

En nuestra búsqueda del perfeccionismo, muchas veces olvidamos que no siempre estudiamos para ser buenos en algo. Aprender también puede ser un fin en sí mismo. Sobre todo en aquellas disciplinas que, más allá de exigir perfección, exigen confiar en el proceso. El teatro es una de ellas.

Personalmente, considero que el teatro representa un espacio seguro para el autodescubrimiento. Por ello, una de las virtudes que más exige su práctica es la paciencia. Y eso hoy en día, en un mundo gobernado por la inmediatez, puede significar todo un desafío, sobre todo cuando se trata de tener paciencia con uno mismo. 

En mi camino como docente, he podido identificar que, al inicio, los estudiantes subestiman las herramientas que les brinda el teatro y su utilidad incluso fuera de un escenario. Todo el trabajo interno que realizamos en clase, eventualmente se exterioriza en habilidades que potencian sus relaciones interpersonales (desde tener una buena dicción hasta una mejor gestión emocional). Por este motivo, cuando me propusieron dictar talleres de teatro a personas con discapacidad y adultos mayores tenía claro que mi objetivo principal no era formar actores, sino poner el teatro al servicio de su desarrollo y expresión personal. Esta experiencia en la Municipalidad de Magdalena del Mar me permitió conocer de cerca a los beneficiarios de la Oficina Municipal de Atención a la Persona con Discapacidad (OMAPED) y el Centro Integral de Atención al Adulto Mayo (CIAM), quienes se mostraron siempre dispuestos a explorar y descubrir nuevas posibilidades en sí mismos a través de juegos y dinámicas que constantemente les exigía salir de su zona de confort. 

Trabajar con ambos grupos me confirmó que no existe una única forma de hacer teatro. Cada persona tiene sus propios ritmos y maneras de relacionarse con el ejercicio escénico. Por eso, más que aplicar una metodología rígida, mi trabajo como docente ha consistido en observar, escuchar, adaptar y, por supuesto, aprender. 

Creo que parte del valor de esta experiencia estuvo también en algo tan sencillo como significativo: descubrir que siempre se puede aprender algo nuevo. En algunas ocasiones se deja de percibir a las personas adultas mayores y a las personas con discapacidad como sujetos de aprendizaje, por eso el simple hecho de abrir un espacio para aprender, explorar y descubrir nuevas habilidades también puede ser una forma de reconocer sus posibilidades. 

A partir de esta vivencia, reafirmé mi convicción de que el arte puede ser una poderosa herramienta de desarrollo humano cuando se diseña pensando no solo en la disciplina, sino en las personas que la viven. Porque, al final, no todos los que hacen teatro tienen que convertirse en actores. Pero todos pueden encontrar en él un espacio para expresarse, relacionarse y reinventarse.