Hace un par de años, mientras andaba navegando por mis redes sociales, me topé con una frase que llamó mi atención y que hasta hoy viene a mi mente de vez en cuando: “Necesitamos más arte en las escuelas, no para crear artistas, sino para formar mejores personas”. No me atrevería a afirmar que el arte nos hace mejores personas —en este rubro sé de algunos que desmentirían esa idea—, pero sí puedo decir que, en las artes escénicas, especialmente en el teatro, he encontrado herramientas que transforman la manera en que una persona se relaciona consigo misma y con su entorno, incluso en el ámbito profesional.
En el entrenamiento actoral, por ejemplo, dos habilidades resultan indispensables: la escucha y la empatía. El teatro, como arte vivo, es susceptible a cambios en tiempo real: en cada función te enfrentas a un público y un contexto distinto. Todo puede pasar. Y frente a una eventualidad, la escucha es el salvavidas del actor. Estar atento al entorno es lo que le permite reaccionar y accionar para no perder de vista su objetivo en la escena. La empatía, por su parte, es condición para encarnar un personaje. Juzgarlo en lugar de comprenderlo, puede ocasionar que el espectador se lleve a casa un concepto sesgado del personaje, en lugar de formar el suyo propio.
Pero no solo el intérprete se transforma. Desde el lado del espectador, es importante lo que una intervención artística puede provocar. En el 2024 conocí un programa que busca prevenir el consumo de alcohol en jóvenes de 11 a 17 años mediante una puesta en escena que muestra las posibles consecuencias de este hábito en menores de edad. La ONG CAPLAB lleva esta intervención a distintos colegios a nivel nacional en articulación con la UGEL y el Ministerio de Educación, pero en realidad parte de una iniciativa global que ya se encuentra en los cinco continentes. De inicio a fin, los estudiantes reaccionan positivamente a la historia y se involucran como si se reconocieran en los personajes. Mantener su atención es todo un reto; sin embargo, al finalizar la función, sus comentarios evidencian que han logrado no solo captar el mensaje, sino que han ejercido un pensamiento crítico a partir de lo que vieron. Hay quienes incluso se acercan con admiración a los actores y preguntan cómo podrían, algún día, subirse a un escenario.
Desde mi experiencia, creo en el poder del arte como vehículo de transformación, y no necesariamente una que vaya a cambiar el mundo, pero sí una que empiece por cambiarnos desde adentro. Cuando pensemos en el lugar del arte en la escuela, pensemos en formar ciudadanos capaces de escuchar, empatizar, imaginar y cuestionar.
